En un mundo donde un mensaje de WhatsApp puede llegar a millones de personas antes de que una institución científica publique un comunicado oficial, la desinformación en salud ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una amenaza real y documentada, misma de la cual se debe poner atención.
Un Virus que no Tiene Vacuna
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) lo ha dicho con claridad enel año 2025 que : «No basta con tener vacunas o sistemas de salud preparados, si la desinformación avanza más rápido que los virus.» La afirmación puede sonar categórica, pero tiene respaldo científico. A diferencia de una pandemia convencional —que tiene un agente identificable, puede modelarse y eventualmente combatirse con tratamientos— la infodemia no tiene vacuna. Se alimenta de algoritmos diseñados para captar atención, de una desconfianza institucional acumulada durante décadas y de la dificultad natural del ser humano para distinguir lo verdadero de lo plausible.
Y esque al abordar este tema los efectos no son abstractos, por ejemplo las campañas de desinformación sobre vacunas han reducido coberturas de inmunización en regiones enteras. Remedios caseros sin ninguna evidencia científica fueron seguidos por personas desesperadas durante la pandemia, canales de youtube con personajes hablando sin base en evidencia pero con poder de convocatoria a partir de ideas lejanas del estudio con teorías sin sentido.
Durante la pandemia las medidas de distanciamiento social fueron saboteadas por narrativas conspirativas amplificadas masivamente en redes sociales. Un estudio publicado en NCBI/PubMed sobre seis países latinoamericanos —Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú— encontró que los países con mayor uso de redes sociales como única fuente de información registraron tasas de mortalidad por COVID-19 más elevadas. Perú y Colombia presentaron los mayores índices de incapacidad para reconocer noticias falsas entre la población analizada.
En un mundo donde un mensaje de WhatsApp puede llegar a millones de personas antes de que una institución científica publique un comunicado oficial, la desinformación en salud ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una amenaza real y documentada. La Organización Mundial de la Salud (OMS) acuñó el término infodemia para describir este fenómeno: un exceso de información —parte verdadera, parte falsa— que dificulta encontrar fuentes confiables y orientaciones sólidas en momentos de crisis. Y aunque la pandemia de COVID-19 la visibilizó con una fuerza sin precedentes, la infodemia no desapareció con ella.
La Pseudociencia Alarmista: Cómo Reconocerla
Dentro del universo de la desinformación, hay un tipo particularmente dañino: el contenido que usa lenguaje científico o médico para generar miedo sin fundamento. Titulares que proclaman que determinado alimento «cura el cáncer», que ciertas vacunas «alteran el ADN», o que productos naturales pueden sustituir tratamientos médicos convencionales, proliferan en redes sociales con una velocidad que supera con creces la capacidad de respuesta de las instituciones de salud.
¿Cómo identificarla? La pseudociencia alarmista suele compartir rasgos reconocibles: apela a la urgencia y al miedo, cita estudios que no existen o los distorsiona, propone soluciones simples a problemas complejos, y desacredita a la comunidad científica o médica como parte de una conspiración. El barómetro de salud Edelman de 2024 reveló que cuatro de cada diez personas se han arrepentido de al menos una decisión de salud tomada con base en información falsa. El costo no es solo personal; es colectivo.
Diversas organizaciones internacionales como la OMS, la OPS y la UNESCO han colocado al periodismo en primera línea de la respuesta a este fenómeno. Proyectos de verificación como Latam-Chequea, enfocado en países latinoamericanos, y plataformas monitoreadas por la International Fact-Checking Network (IFCN) desde 2015, trabajan para frenar la circulación de contenido falso. Sin embargo, la verificación reactiva no alcanza: cuando un bulo ya circuló millones de veces, la rectificación llega tarde y tiene menos alcance y el temor y la confusión ya está inoculada en el pensamiento individual y colectivo.
La Región, Particularmente Vulnerable
En América Latina, es de suma importancia hacer este abordaje, dado que es una región que enfrenta condiciones que la hacen especialmente susceptible a los efectos de la infodemia.
La gestión de la infodemia, como ha subrayado la OPS en su alianza estratégica con la Fundación para el Periodismo, lanzada en septiembre de 2025 en Bolivia, requiere un enfoque de «todo el gobierno y toda la sociedad». La comunidad no puede ser solo receptora de mensajes: debe ser protagonista activa en la vigilancia, la identificación de narrativas falsas y la difusión de información verificada. Los periodistas y comunicadores de ciencia juegan en ese escenario un rol que no puede delegarse: son quienes pueden anticiparse a la circulación de rumores y aportar contexto riguroso antes de que el daño sea irreversible.
El papel relevante del periodista de ciencia
El papel de quien comunica desde los géneros periodísticos adquiere su papel protagónico de gran calado en la responsabilidad de conocer, tratar y trasladar en un lenguaje comprensible que informe, aclare y coloque en la agenda la información verificada y contrastada con la evidencia disponible, hasta este momento, y ser la fuente creíble frente a quienes hacen contenido de corte engañoso, sensacionalista y que quita la tranquilidad a partir de un «dicen que tal o cual suceso traerá desgracias al planeta en tal fecha, porque lo dice un estudio» sin citar fuentes creíbles y en un tono amarillista con sentido de urgencia, terror y de pedir de seguirles pues ellos tienen «lo que tal organización no quiere que sepas».
Informar Bien es un Acto de Salud Pública
Hablar de infodemia no es solo un debate sobre comunicación, un tema en si mismo, muy amplio y con variadas aristas de análisis: también es una conversación abierta , analítica sobre salud pública, sobre el derecho del acceso a la información y sobre las condiciones en las que los ciudadanos toman decisiones que afectan sus vidas diarias. Reducir las barreras de acceso al conocimiento científico verificado, fortalecer la educación en pensamiento crítico y apoyar el periodismo especializado son pasos concretos que los sistemas de salud, la academia y los medios pueden dar juntos.
La comunicación y el periodismo de ciencia, articulado con las fuentes serias con evidencia científica y con el respaldo, los espacios fuertes y permanenentes, pueden marcar una gran diferencia en como se manejan estas narrativas que llevan intranquilidad, incertidumbre de determinado tema y esto afecta la salud colectiva, el proceso de saber diferenciar entre la infodemia que verificado y que no, es un reto especial para la población mas vulnerable, sobre todo en regiones tan desiguales como el Sur global.











